
La profecía cumplida de Concordia, de los pastizales de la Bella Vista a la tierra de las frutas.
Hubo un tiempo en que este confín del departamento Concordia olía únicamente a bosta seca, a monte de espinillo y a cuero crudo secado al sol de enero. Era la Estancia Bella Vista. En aquellas leguas interminables que hoy reparten su geografía entre Los Charrúas, La Criolla, Colonia Ayuí y Magnasco, doña Flora del Carmen “La Criollita” de Urquiza y Costa y don Gregorio “Goyo” Soler y Soler levantaron un imperio ganadero. La memoria ligera suele pintar a los viejos estancieros como señores feudales atrincherados en el pastoreo de hacienda chúcara, pero la historia de Bella Vista desmiente esa caricatura. Flora llevaba en la sangre la pulsión colonizadora de su padre, Justo José de Urquiza, aquel que entendió antes que nadie que la verdadera riqueza de la provincia era la chacra en manos de familias laboriosas. Don Goyo, por su parte, tenía la cabeza puesta un siglo adelante: en 1890 redactó el primer expediente formal para aprovechar la energía de los saltos del río Uruguay —la semilla remota de Salto Grande—, cedió sin cobrar un centavo las franjas de tierra para que el Ferrocarril del Este tendiera sus rieles y trajo al catalán Oriol para ensayar los primeros parrales y naranjales en el corazón del latifundio. No hubo desguace accidental ni decadencia ciega. Ellos mismos abrieron la tranquera. Lotearon fracciones en condiciones accesibles, donaron parcelas para levantar capillas, escuelas y cementerios, y le entregaron la tierra a familias gringas y criollas armadas con azadones y una fe ciega en el trabajo. La traza del tren hizo el resto. Donde la locomotora frenaba para cargar agua nació la estación y el caserío de Los Charrúas, poblándose de inmigrantes italianos, españoles y alemanes del Volga que le cambiaron para siempre el pulso al monte. Aquellos colonos recibieron parcelas de la antigua estancia y se rompieron el lomo volteando espinillos para plantar las primeras quintas de citrus y abrirle paso al arado. Hoy, ese antiguo mapa de pastoreo es la fábrica de frutas más diversa de la Mesopotamia. La maternidad botánica del corredor La Criolla – Los Charrúas Para entender por qué Concordia manda en el tablero frutal argentino no hay que mirar las copas cargadas en plena cosecha; hay que meterse bajo el polietileno de La Criolla y las colonias que bajan hacia Los Charrúas. Allí opera la trastienda invisible de la producción. Desde que el HLB y las plagas modernas obligaron a extremar los cuidados sanitarios, los viveros cítricos se refugiaron en estructuras herméticas bajo mallas antiáfidos. En ese bochorno controlado, injertadores de vista afilada repiten un corte quirúrgico sobre el pie trifoliado, calzan la yema de mandarina clemenules o naranja valencia y atan la cinta con una destreza que no tolera apuros. Millones de plantines salen cada temporada de esas naves selladas para abastecer quintas de Entre Ríos, Corrientes y todo el norte del país. A cielo abierto, el suelo arenoso alimenta otra estirpe vegetal. La franja que une La Criolla con Los Charrúas vio crecer en los últimos años un polo viverista y de montes comerciales de nuez pecán que asombra a quien hace tiempo no transita la zona. El nogal exige paciencia de largo aliento: los productores estratifican semillas e injertan a parche variedades como Pawnee o Stuart, cuidando árboles que demoran una década en dar fruto pero que hoy cargan contenedores enteros de nuez con cáscara fina rumbo a China y Medio Oriente. A la par del nogal crecen los carozos de bajo requerimiento de frío. Durazneros, ciruelos y nectarines criados a campo abierto que toleran inviernos tibios y maduran con tanta anticipación que en octubre ya copan las plazas del Mercado Central de Buenos Aires, semanas antes de que despierten Mendoza o San Pedro. En las parcelas de la zona también se multiplican higueras de fruto negro, caquis, granadas seleccionadas para la gastronomía regional, paltas adaptadas a las lomas altas que esquivan las heladas negras y plantines de zarzamoras y moras que renuevan los cuadros de arándanos agotados por el paso del tiempo. Si la planta no brota primero en la navaja de un viverista de esta región, la fruta simplemente no llega a la mesa. Ruptura en Magnasco y Yuquerí Norte: pitayas, kiwis y la apuesta de Yelín El monocultivo siempre pasa factura. Cuando el citrus tradicional y el arándano entraron en tormentas de precios y costos logísticos, una camada de productores decidió desobedecer el manual agronómico tradicional. En la zona de Magnasco, la firma Fincris Agro levantó postes en hileras militares para tutorar un cultivo de fisonomía extraterrestre: la pitahaya. Muchos chacareros vecinos miraron con desconfianza semejante despliegue para una cactácea trepadora. Hoy, esa fruta del dragón de pulpa fucsia y alto tenor azucarero aprovecha la radiación solar de la cuenca del Uruguay y viaja en fletes refrigerados hacia las fruterías más cotizadas de Buenos Aires y Rosario, compitiendo de igual a igual con la mercadería que llega de Centroamérica. Más al sur, en pleno Distrito Yuquerí, Pablo Yelín encarna la audacia llevada a la práctica cotidiana. Lejos de resignarse al calendario clásico de la naranja y arandano, montó cuadros protegidos con mallas para criar kiwis de pulpa amarilla y roja, cultivares gourmet que exigen podas al milímetro y manejo de sombra para no achicharrarse con los cuarenta grados del verano entrerriano. Entre las líneas de kiwi, en los arenales de Yuquerí, Yelín aprovechó el calor del suelo para intercalar franjas de aloe vera con destino a la industria cosmética y medicinal. En sus lotes no hay fórmulas heredadas: hay observación diaria, termómetro en mano y ensayos a campo abierto. La revancha del sarmiento Faltaba el acto de justicia histórica más esperado: el regreso de las vides. En la década del treinta, la nefasta Ley Nacional 12.139 mandó a la policía a arrancar cepas a punta de machete y clausurar bodegas florecientes en toda la costa del río Uruguay para garantizarle el monopolio vitivinícola a las provincias de Cuyo. El vino entrerriano fue condenado a la clandestinidad y al olvido durante más de sesenta años, sobreviviendo apenas en viejos cascos de estancia y cartas familiares. La uva volvió a brotar exactamente sobre los mismos suelos donde Goyo Soler ensayó sus primeros parrales. En La Criolla, la familia Rigoni marcó un mojón productivo con Finca Fénix al certificar el primer viñedo orgánico de Entre Ríos; su uva Tannat madura al viento ribereño sin recibir una sola gota de agroquímicos de síntesis, entregando un tinto hondo, áspero y fiel al terruño local. En ese mismo radio rural, Edgardo e Iván Siandra rescataron la identidad criollense en Bodega Siandra Hnos, combinando viejas historias familiares con tanques de acero inoxidable para elaborar cortes tintos de marcada personalidad que se degustan al pie de la viña. Hacia el río, en Villa Zorraquín, el proyecto Pampa Azul propone vinos de mínima intervención y fermentaciones naturales pegados a la barranca del Uruguay, integrando la producción enológica con hotelería de campo y calma ribereña. Completando el mapa comarcal, Ecovert Campagne en Estancia Grande entrelaza espalderas francesas en medio de los montes de mandarinas, demostrando que la vid ya no es una rareza para coleccionistas sino una actividad firme que redefine el paisaje turístico de la región. Don Gregorio Soler y doña Flora Urquiza no se equivocaron cuando abrieron las tranqueras de Bella Vista para que pasara la locomotora hacia Los Charrúas y se afincaran las familias a sembrar futuro. Lo que nació con hacienda chúcara y unos pocos parrales pioneros decantó en el polo frutal más diverso del litoral. La estancia inmensa quedó grabada en los planos viejos de catastro, pero cada vez que un injertador empalma una yema viva sobre la madera o alguien descorcha un vino nacido en estas lomadas, la porfía de la tierra sigue ganando la partida.
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