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"Información estratégica para la toma de decisiones."

Estudio Scheifler & Asoc.jueves, 22 de octubre de 2026Entre Ríos, Argentina
La profecía cumplida de Concordia, de los pastizales de la Bella Vista a la tierra de las frutas.
ANÁLISIS
Diario News Media—22/10/2026

La profecía cumplida de Concordia, de los pastizales de la Bella Vista a la tierra de las frutas.

Hubo un tiempo en que este confín del departamento Concordia olía únicamente a bosta seca, a monte de espinillo y a cuero crudo secado al sol de enero. Era la Estancia Bella Vista. En aquellas leguas interminables que hoy reparten su geografía entre Los Charrúas, La Criolla, Colonia Ayuí y Magnasco, doña Flora del Carmen “La Criollita” de Urquiza y Costa y don Gregorio “Goyo” Soler y Soler levantaron un imperio ganadero. La memoria ligera suele pintar a los viejos estancieros como señores feudales atrincherados en el pastoreo de hacienda chúcara, pero la historia de Bella Vista desmiente esa caricatura. Flora llevaba en la sangre la pulsión colonizadora de su padre, Justo José de Urquiza, aquel que entendió antes que nadie que la verdadera riqueza de la provincia era la chacra en manos de familias laboriosas. Don Goyo, por su parte, tenía la cabeza puesta un siglo adelante: en 1890 redactó el primer expediente formal para aprovechar la energía de los saltos del río Uruguay —la semilla remota de Salto Grande—, cedió sin cobrar un centavo las franjas de tierra para que el Ferrocarril del Este tendiera sus rieles y trajo al catalán Oriol para ensayar los primeros parrales y naranjales en el corazón del latifundio. No hubo desguace accidental ni decadencia ciega. Ellos mismos abrieron la tranquera. Lotearon fracciones en condiciones accesibles, donaron parcelas para levantar capillas, escuelas y cementerios, y le entregaron la tierra a familias gringas y criollas armadas con azadones y una fe ciega en el trabajo. La traza del tren hizo el resto. Donde la locomotora frenaba para cargar agua nació la estación y el caserío de Los Charrúas, poblándose de inmigrantes italianos, españoles y alemanes del Volga que le cambiaron para siempre el pulso al monte. Aquellos colonos recibieron parcelas de la antigua estancia y se rompieron el lomo volteando espinillos para plantar las primeras quintas de citrus y abrirle paso al arado. Hoy, ese antiguo mapa de pastoreo es la fábrica de frutas más diversa de la Mesopotamia. La maternidad botánica del corredor La Criolla – Los Charrúas Para entender por qué Concordia manda en el tablero frutal argentino no hay que mirar las copas cargadas en plena cosecha; hay que meterse bajo el polietileno de La Criolla y las colonias que bajan hacia Los Charrúas. Allí opera la trastienda invisible de la producción. Desde que el HLB y las plagas modernas obligaron a extremar los cuidados sanitarios, los viveros cítricos se refugiaron en estructuras herméticas bajo mallas antiáfidos. En ese bochorno controlado, injertadores de vista afilada repiten un corte quirúrgico sobre el pie trifoliado, calzan la yema de mandarina clemenules o naranja valencia y atan la cinta con una destreza que no tolera apuros. Millones de plantines salen cada temporada de esas naves selladas para abastecer quintas de Entre Ríos, Corrientes y todo el norte del país. A cielo abierto, el suelo arenoso alimenta otra estirpe vegetal. La franja que une La Criolla con Los Charrúas vio crecer en los últimos años un polo viverista y de montes comerciales de nuez pecán que asombra a quien hace tiempo no transita la zona. El nogal exige paciencia de largo aliento: los productores estratifican semillas e injertan a parche variedades como Pawnee o Stuart, cuidando árboles que demoran una década en dar fruto pero que hoy cargan contenedores enteros de nuez con cáscara fina rumbo a China y Medio Oriente. A la par del nogal crecen los carozos de bajo requerimiento de frío. Durazneros, ciruelos y nectarines criados a campo abierto que toleran inviernos tibios y maduran con tanta anticipación que en octubre ya copan las plazas del Mercado Central de Buenos Aires, semanas antes de que despierten Mendoza o San Pedro. En las parcelas de la zona también se multiplican higueras de fruto negro, caquis, granadas seleccionadas para la gastronomía regional, paltas adaptadas a las lomas altas que esquivan las heladas negras y plantines de zarzamoras y moras que renuevan los cuadros de arándanos agotados por el paso del tiempo. Si la planta no brota primero en la navaja de un viverista de esta región, la fruta simplemente no llega a la mesa. Ruptura en Magnasco y Yuquerí Norte: pitayas, kiwis y la apuesta de Yelín El monocultivo siempre pasa factura. Cuando el citrus tradicional y el arándano entraron en tormentas de precios y costos logísticos, una camada de productores decidió desobedecer el manual agronómico tradicional. En la zona de Magnasco, la firma Fincris Agro levantó postes en hileras militares para tutorar un cultivo de fisonomía extraterrestre: la pitahaya. Muchos chacareros vecinos miraron con desconfianza semejante despliegue para una cactácea trepadora. Hoy, esa fruta del dragón de pulpa fucsia y alto tenor azucarero aprovecha la radiación solar de la cuenca del Uruguay y viaja en fletes refrigerados hacia las fruterías más cotizadas de Buenos Aires y Rosario, compitiendo de igual a igual con la mercadería que llega de Centroamérica. Más al sur, en pleno Distrito Yuquerí, Pablo Yelín encarna la audacia llevada a la práctica cotidiana. Lejos de resignarse al calendario clásico de la naranja y arandano, montó cuadros protegidos con mallas para criar kiwis de pulpa amarilla y roja, cultivares gourmet que exigen podas al milímetro y manejo de sombra para no achicharrarse con los cuarenta grados del verano entrerriano. Entre las líneas de kiwi, en los arenales de Yuquerí, Yelín aprovechó el calor del suelo para intercalar franjas de aloe vera con destino a la industria cosmética y medicinal. En sus lotes no hay fórmulas heredadas: hay observación diaria, termómetro en mano y ensayos a campo abierto. La revancha del sarmiento Faltaba el acto de justicia histórica más esperado: el regreso de las vides. En la década del treinta, la nefasta Ley Nacional 12.139 mandó a la policía a arrancar cepas a punta de machete y clausurar bodegas florecientes en toda la costa del río Uruguay para garantizarle el monopolio vitivinícola a las provincias de Cuyo. El vino entrerriano fue condenado a la clandestinidad y al olvido durante más de sesenta años, sobreviviendo apenas en viejos cascos de estancia y cartas familiares. La uva volvió a brotar exactamente sobre los mismos suelos donde Goyo Soler ensayó sus primeros parrales. En La Criolla, la familia Rigoni marcó un mojón productivo con Finca Fénix al certificar el primer viñedo orgánico de Entre Ríos; su uva Tannat madura al viento ribereño sin recibir una sola gota de agroquímicos de síntesis, entregando un tinto hondo, áspero y fiel al terruño local. En ese mismo radio rural, Edgardo e Iván Siandra rescataron la identidad criollense en Bodega Siandra Hnos, combinando viejas historias familiares con tanques de acero inoxidable para elaborar cortes tintos de marcada personalidad que se degustan al pie de la viña. Hacia el río, en Villa Zorraquín, el proyecto Pampa Azul propone vinos de mínima intervención y fermentaciones naturales pegados a la barranca del Uruguay, integrando la producción enológica con hotelería de campo y calma ribereña. Completando el mapa comarcal, Ecovert Campagne en Estancia Grande entrelaza espalderas francesas en medio de los montes de mandarinas, demostrando que la vid ya no es una rareza para coleccionistas sino una actividad firme que redefine el paisaje turístico de la región. Don Gregorio Soler y doña Flora Urquiza no se equivocaron cuando abrieron las tranqueras de Bella Vista para que pasara la locomotora hacia Los Charrúas y se afincaran las familias a sembrar futuro. Lo que nació con hacienda chúcara y unos pocos parrales pioneros decantó en el polo frutal más diverso del litoral. La estancia inmensa quedó grabada en los planos viejos de catastro, pero cada vez que un injertador empalma una yema viva sobre la madera o alguien descorcha un vino nacido en estas lomadas, la porfía de la tierra sigue ganando la partida.

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De nuestra tierra al mundo. Analizamos el impacto comercial del primer viñedo orgánico certificadoANÁLISIS
22/10/2026Estudio Scheifler

De nuestra tierra al mundo. Analizamos el impacto comercial del primer viñedo orgánico certificado

Como el único Licenciado en Comercio Internacional matriculado de nuestra región, paso gran parte de mis días analizando mercados globales, estudiando normativas aduaneras y mirando más allá de nuestras fronteras. Sin embargo, nací y me crie acá. Conozco el fragor de nuestro campo, el sacrificio de las madrugadas heladas y la pasión inquebrantable que requiere hacer que nuestro suelo rinda sus mejores frutos. En mi labor diaria, mi objetivo es conectar ese esfuerzo local con las grandes oportunidades internacionales. Por eso, hoy me llena de un profundo orgullo y optimismo analizar una noticia que marca un punto de inflexión para todos nosotros: el nacimiento de nuestro primer viñedo orgánico certificado. La Finca Fénix, el pujante emprendimiento de la familia Rigoni ubicado en La Criolla (departamento Concordia), ha logrado certificar su lote de uva Tannat bajo parámetros orgánicos. Para mí, que respiro y trabajo el comercio exterior, esto no es solo una victoria agrícola; es una verdadera masterclass de visión exportadora. El renacer de la vid. Calidad que respeta nuestras raíces A menudo, en mis asesorías, explico que exportar no se trata solo de empacar y enviar; se trata de estrategia. Para la familia Rigoni, este logro es el fruto de años de pensar a largo plazo, de escuchar a la tierra y de animarse a innovar. Obtener esta certificación implicó un riguroso proceso de transición, apostando por un modelo de cultivo que cuida nuestro ecosistema entrerriano y potencia la pureza de la vid. Pero más allá del innegable valor ambiental y del amor por la vitivinicultura que compartimos los hijos de esta tierra, es fundamental comprender qué significa esto cuando nos sentamos a negociar en el extranjero. La certificación USDA-NOP una llave maestra al mundo En el competitivo mundo de los negocios internacionales, la calidad ya no es una opción, es un requisito básico. Cuando hablo con compradores internacionales de alto nivel, la demanda es clara: exigen trazabilidad, sustentabilidad y un compromiso real con el medio ambiente. La certificación obtenida por Finca Fénix fue otorgada por la firma Food Safety SA bajo la estricta normativa internacional USDA-NOP. Desde mi perspectiva profesional, estas siglas son oro puro. Significan que este Tannat nacido en La Criolla cumple formalmente con los máximos estándares para ingresar a los mercados de mayor poder adquisitivo del planeta, como el de los Estados Unidos. Un sello orgánico internacional funciona como un pasaporte VIP. Como especialista en comercio exterior, puedo asegurarles que esta certificación nos saca de la competencia por precios bajos y nos posiciona en el segmento premium, allí donde el mundo está dispuesto a pagar el verdadero valor del esfuerzo que hacemos en nuestras fincas. Un horizonte de esperanza y competitividad Este logro trasciende las tranqueras de Finca Fénix. Lo vivo y lo celebro como un faro de esperanza para todos los productores locales. Demuestra que con inversión netamente privada, visión estratégica a largo plazo y trabajo duro, nuestra región tiene la capacidad absoluta de jugar en las grandes ligas del comercio internacional. Nuestra tierra tiene el potencial, el clima y, sobre todo, la resiliencia humana para exportar excelencia. Este primer viñedo orgánico es la prueba irrefutable de que cuando unimos el conocimiento ancestral de nuestro campo con los estándares comerciales globales, no hay frontera que nos detenga. Como el profesional que busca tender puentes entre nuestra producción y los mercados del exterior, los invito a brindar por este paso inmenso. El mundo está pidiendo a gritos lo que aquí sabemos hacer, y el camino hacia la internacionalización definitiva de nuestra vitivinicultura acaba de abrirse de par en par. Dr. Jose Antonio Scheifler Licenciado en Comercio Internacional MAT. C.P.C.E.E.R 16007

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Nota de Amor a nuestra Deuda EntrerrianaOPINIÓN
22/10/2026Diario News Media

Nota de Amor a nuestra Deuda Entrerriana

Amada, dolarizada y siempre insaciable deuda externa: Te escribo esta nota para celebrar cómo nuestro tóxico romance ha alcanzado su clímax técnico. A veces parece que la actual gestión olvida un detalle fundamental: Entre Ríos es una provincia de la República Argentina. Nuestros ingresos, provenientes de la recaudación local y de la Coparticipación Federal, están estrictamente en pesos y no cuentan con ninguna indexación al tipo de cambio. Sin embargo, te seguimos cortejando en moneda dura, exponiéndonos a un descalce cambiario letal ante cada devaluación de nuestra macroeconomía nacional. Recuerdo con nostalgia cuando, a fines de 2020, eras apenas un stock consolidado de $79.707 millones de pesos. En un parpadeo de pasión inflacionaria, cerraste 2023 en $594.000 millones de pesos, devorando ya el 24% de nuestros recursos públicos. Para fines de 2025, nuestro compromiso contigo ya superaba el billón de pesos ($1.010.000 millones). Pero mi “admiración” más profunda es para Rogelio Frigerio y su equipo económico, quienes han llevado nuestra relación a un nivel de asfixia financiera sin precedentes. Sostener y ampliar un pasivo en moneda extranjera que ya alcanza los USD 1.288.670.400,92 es una sentencia a nuestra autonomía. Esta posición en moneda dura explica hasta el 75% del stock global de la deuda provincial. ¡Qué seductora y ruinosa fue la maniobra de reestructuración de febrero de 2026! Para despejar las exigencias inmediatas y recomprar apenas USD 180 millones de los títulos que vencían en 2028, la provincia emitió un nuevo bono por USD 300 millones en los mercados internacionales. El regalo de bodas de la gestión fue atarnos a un altísimo cupón fijo del 9,875% anual con vencimiento estirado hasta 2033. La impericia técnica queda al desnudo cuando observamos el mapa de las demás provincias argentinas. Mientras nosotros entregamos nuestra soberanía fiscal a una tasa de casi dos dígitos en dólares, otros distritos consiguieron financiarse a costos mucho más racionales: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires al 7,37%, Neuquén al 7,35%, Santa Fe al 8,10% y Córdoba al 8,60%. ¿Por qué los entrerrianos pagamos la peor tasa del país? El Ejecutivo provincial parece ignorar que este amor se paga con nuestra propia viabilidad operativa. Emitir deuda bajo ley extranjera a tasas exorbitantes mientras se recauda en pesos devaluados es una bomba de tiempo. La refinanciación de 2026 terminó siendo un espejismo: un alivio temporal sobre la caja diaria que simplemente pateó los compromisos hacia la década de 2030 asumiendo un costo financiero ruinoso. Prometo amarte (y pagarte con el sudor de los entrerrianos) hasta que el colapso cambiario nos separe. Con devoción técnica y espanto fiscal, Dr. José Antonio Scheifler Maestrando en desarrollo económico regional Licenciado en Comercio Internacional MAT CPCEER 16007

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Financiar la polenta: El peligroso avance del crédito sobre el gasto corrienteOPINIÓN
22/10/2026La Coyuntura

Financiar la polenta: El peligroso avance del crédito sobre el gasto corriente

Desde el rigor técnico, la serie estadística evidencia una pérdida de funciones del peso como unidad de cuenta y como reserva de valor, un fenómeno que la tecnocracia actual pretende disfrazar de modernización financiera. El derrumbe del efectivo, que hoy apenas representa el 17,1% de las transacciones totales, no es el resultado de una digitalización virtuosa impulsada por el progreso técnico, sino una respuesta defensiva de un consumidor acorralado. Ante una moneda que se deprecia por horas, la liquidez se refugia desesperadamente en fondos comunes de inversión de billeteras virtuales hasta el milisegundo previo al pago. Esta eficiencia digital es, en realidad, el costo de transacción que paga el laburante para mitigar el impuesto inflacionario; es el tiempo de vida invertido en gestionar una supervivencia que el sistema ya no garantiza. Sin embargo, el dato más alarmante y que describe con crudeza el ADN del modelo es la financiarización de la subsistencia diaria. Con un 43,1% de las ventas canalizadas a través de tarjetas de crédito, el sistema ha logrado desplazar el financiamiento —que históricamente se destinaba a bienes de capital o inversión patrimonial— hacia el consumo corriente de alimentos básicos. Estamos asistiendo a una perversión del crédito.La familia argentina ya no tarjetea el televisor o las vacaciones, hoy hipoteca el salario del mes próximo para poder garantizar la proteína de esta noche. Se está privatizando el bienestar a través de una deuda doméstica que actúa como un parche precario sobre un poder adquisitivo que se desangra frente a la desregulación de los precios de la canasta básica. Fuente. Elaboración propia en base a INDEC Al cruzar la evolución del Índice de Salarios contra el IPC de Alimentos, la brecha deja de ser un dato estadístico para convertirse en un drama social.Mientras los precios de la canasta básica escalaron por el ascensor de la desregulación hasta los 9.200 puntos índice, el promedio de los ingresos —castigado por la licuación del sector público y la miseria del sector informal— quedó pedaleando en el barro de los 7.000 puntos.Esta brecha de más de 2.000 puntos es el ajuste invisible que sostiene el superávit. Se paga con menos comida en la mesa y más intereses en la tarjeta de crédito. La economía no puede crecer si el motor, que es el consumo, está fundido por un modelo que solo cierra con salarios de miseria. Fuente. Elaboración propia en base a INDEC Este escenario de asfixia no es el producto de fuerzas naturales del mercado ni una consecuencia inevitable de un ordenamiento fiscal necesario, sino el producto de un diseño macroeconómico que ha elegido al consumo masivo como la zona de sacrificio para sostener la solvencia financiera de los sectores más concentrados. En un país donde la pobreza se ha consolidado como un dato estructural, hablar de libertad de precios mientras el volumen de leche y carne en el changuito retrocede a niveles de hace décadas es una abstracción iluminista que colisiona con la realidad de las mayorías. La economía no se gestiona con algoritmos de ajuste que cierran en el Excel, pero expulsan a la gente del sistema; se gestiona con soberanía productiva y con la firme convicción de que no hay equilibrio fiscal que valga sobre el hambre de los argentinos. La política debe recuperar su capacidad de planificar el desarrollo y de intervenir sobre la formación de precios, o resignarse a ser la administradora de una escasez que ya no se puede ocultar detrás de los ceros de un ticket de supermercado. Sin una recuperación elástica y urgente del salario real, y sin un esquema de crédito que vuelva a incentivar la inversión en lugar de la compra de fideos, el supuesto éxito del modelo será solo la crónica de una Argentina ordenada para el mundo financiero, pero quebrada en el mostrador de cada barrio. Nota metodológica: Los datos utilizados en este artículo corresponden a la Encuesta de Supermercados del INDEC. Ante la discontinuidad en la publicación oficial de la serie a precios constantes por parte del organismo, se ha realizado el procesamiento técnico propio, deflactando las ventas nominales mediante el Índice de Precios al Consumidor (IPC) acumulado para el período enero 2017 – enero 2026. Lic. en Comercio Internacional- UES 21- Mat. Prof. CPCEER. 16007. BBA. Developpement et pilotage Commercial – Ascenscia Business School, College de Paris. Magister en Educación – UNLP

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La Paradoja de Concordia: la riqueza agroexportadora y la pobreza estructuralOPINIÓN
22/10/2026La Coyuntura

La Paradoja de Concordia: la riqueza agroexportadora y la pobreza estructural

La asfixia de nuestras economías se explica por asimetrías severas en la formación de precios, la concentración de los medios de producción y una matriz laboral signada por la vulnerabilidad .Es decir, pocas manos son dueñas de las tierras, los galpones y las máquinas, mientras que el trabajador vive al día, muchas veces en negro y sin red de contención. El caso del arándano ejemplifica cómo los rápidos cambios en el mercado internacional afectan la rentabilidad de los productores locales. Concebido a principios del siglo como un enclave netamente exportador, el 95% de la producción de arándanos frescos de la región se remite hacia los mercados del exterior. Pero la otrora pujante rentabilidad de esta cadena se encuentra en franco declive ante la irrupción como porductor de la República del Perú. Mientras Entre Ríos logró exportar laboriosamente más de 4.200 toneladas en la temporada 2025/2026 (Confederaciones Rurales Argentinas, 2026), la maquinaria agroexportadora peruana cerró el 2025 despachando 373.514 toneladas métricas (Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego, 2026). Esta sobreoferta ha aplanado la curva de precios internacionales, eliminando las ganancias extraordinarias que los productores entrerrianos obtenían en su ventana de primicia de contraestación —esto significa que perdimos nuestra gran ventaja histórica, llegar antes que nadie a las góndolas de Europa o Estados Unidos cuando allá hace frío y pagan más caro—. Gráfico 1. La asimetría de volumen entre la primicia entrerriana y la maquinaria agroexportadora peruana en la última campaña de arándanos.Fuente: Elaboración propia en base a TradeMap El complejo citrícola exhibe una estructura agraria bimodal que cristaliza una profunda brecha tecnológica. En la cúspide, corporaciones integradas verticalmente controlan desde la genética hasta la logística de exportación. En la base, los minifundistas operan en estado de vulnerabilidad, careciendo de capital para tecnologías básicas como el riego por goteo. Esta asimetría se traduce en el mostrador. Mediciones de noviembre de 2024 revelaron que el consumidor final llegó a abonar hasta 7,7 veces más de lo que efectivamente percibió el productor primario en la quinta (Confederación Argentina de la Mediana Empresa, 2026). Para que se entienda, si usted en el supermercado paga $7.700 por un kilo de fruta, al productor local que la plantó y la cuidó apenas le llegaron $1.000 Gráfico 2. La distorsión sistémica en la formación del precio citrícola.Fuente: Elaboración propia La competitividad internacional se ve afectada no solo por la demanda externa, sino también por los costos estructurales locales, como las tarifas energéticas y la infraestructura deficiente. Tanto el sector arrocero como el foresto-industrial enfrentan una crisis de rentabilidad severa, impulsada por la inflación de tarifas energéticas. La tarifa eléctrica distorsionada destruye la competitividad en la industria maderera. Aquí radica la injusticia de Salto Grande. La tarifa eléctrica distorsionada destruye la competitividad en la industria maderera, y la injusticia de Salto Grande radica en que la represa binacional genera energía limpia a un costo operativo ultrabajo, pero los aserraderos locales pagan tarifas industriales plenas. Esto despoja a Concordia de su mayor ventaja comparativa natural. Dicho en criollo. Por más que el mundo quiera comprar nuestra madera o nuestro arroz, si prender las máquinas o mover un camión nos cuesta una fortuna, los números no cierran y las persianas se bajan Gráfico 3. La injusticia de Salto Grande. Elaboración propia en base a factura de servicio de energia eléctrica domiciliaria (ENERSA) Desde mi perspectiva, el análisis macroeconómico queda truncado si ignoramos cómo se forja el capital humano que sostiene este entramado. La alta informalidad, que roza el 80% en los trabajadores de cosecha manual, no es un mero accidente de fiscalización, sino una necesidad sistémica del capital concentrado. Para ser claros, ese 80% de trabajo en negro en las quintas no pasa porque falten inspectores del ministerio en la calle. Pasa porque el modelo económico actual está diseñado así a propósito; obliga a precarizar al trabajador para que los números le cierren a los porteños que ponen el precio. Gráfico 4.Disociación entre la matriz de empleo y el bienestarFuente: Elaboración propia en base a INDEC El futuro de la economía regional exige un cambio de paradigma; los concordienses deben consolidar su producción física y comercialmente en su propio territorio, arrebatándole el poder de fijación de precios a los acopiadores porteños. El mecanismo de valorización contradice cualquier lógica de competencia justa, relegando al productor primario local a la figura pasiva de un mero tomador de precios. El valor de su esfuerzo y de su cosecha no se determina mediante el cálculo racional de sumar sus costos directos más un margen de rentabilidad equitativo. En su lugar, rige un sistema retroactivo opaco donde el precio es dictaminado desde los mercados de la capital. Bien profesa el popular dicho, Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires. Los agentes consignatarios y puesteros, operando cómodamente a cientos de kilómetros en predios como el Mercado Central de Buenos Aires, retienen comisiones fijas preestablecidas de entre el 10% y el 15%. Estos intermediarios aseguran su rentabilidad comercial e institucional sin absorber los agobiantes riesgos biológicos, climáticos y fitosanitarios que asfixian financieramente al colono en la quinta.El porteño gana siempre, si hay piedra, si hay seca o si la fruta se pudre, el que pierde los ahorros de su vida es el de acá. Es imperativo desanclar nuestra matriz productiva de esta asimetría. La consolidación de la carga, el valor agregado y la negociación deben realizarse in situ. Resulta imperioso, además, desmitificar la naturaleza comercial de nuestra producción matriz. A diferencia de los cereales tradicionales o el jugo concentrado —cuyo valor se rige por la especulación financiera en las pizarras de Chicago o Nueva York—, la fruta dulce y el limón fresco escapan a la lógica del commodity puro para comportarse como specialties de volumen. Su cotización internacional no obedece a un valor abstracto, sino a una negociación feroz y dinámica en puertos clave del hemisferio norte, como Rotterdam o Filadelfia. Allí, el precio se define por ventanas de contraestación y, fundamentalmente, por la exigencia cosmética del producto. Esta realidad global expone aún más la tragedia del sistema actual; el productor concordiense, carente de capital para tecnologías básicas que aseguren la perfección visual exigida por Europa o Estados Unidos, ve depreciada su cosecha en origen. Dicho de otro modo, nuestra fruta se vende por la cara. Si la naranja no brilla o tiene una manchita, afuera no la quieren y pagan miseria. Pero para que esa fruta sea linda, el entrerriano que la produce necesita máquinas que hoy no puede comprar. Esta desconexión entre las terminales internacionales y la chacra local resulta letal. Aun cuando el citricultor logra el estándar exportable y los precios internacionales vuelan por escasez en el hemisferio norte, la opacidad del sistema de consignación actúa como un peaje distorsivo. El premio económico por la fruta premium se diluye en el trayecto, absorbido por las comisiones fijas preestablecidas de los intermediarios. Agobiado por la alta perecibilidad de su producto y desprovisto de infraestructura de frío o empaque propio, el colono se ve forzado a entregar su trabajo a ciegas. Así, la volatilidad inherente al comercio internacional termina siendo amortiguada, de forma perversa, por el eslabón más débil; el productor local que subsidia con su descapitalización la rentabilidad asegurada de los agentes porteños. Este factor resulta, incluso, más apremiante que la tan proclamada reindustrialización de Concordia. Como bien sostiene la teoría económica estructuralista, la industrialización y la generación de nueva capacidad instalada constituyen un proceso de construcción que demanda un horizonte temporal sumamente amplio. Generar una respuesta efectiva de la oferta frente a la demanda no es un mecanismo de ajuste automático, contrariamente a lo que proclama la teoría clásica. Frecuentemente, en el plano nacional, se proponen esquemas de actualización ligados a correcciones del tipo de cambio, pero está demostrado —a partir de la condición de Marshall-Lerner— que, ante la ineludible inelasticidad de nuestras exportaciones primarias a corto plazo, las devaluaciones tienen un efecto marcadamente contractivo. ¿Qué significa esto en la práctica? Que muchos dicen que si sube el dólar nos salvamos todos, pero para nuestra región eso es un cuento. Una planta de mandarina no es una fotocopiadora que saca más copias solo porque el precio sube; un árbol tarda años en crecer y producir. Por eso, cuando el dólar salta, la producción no puede reaccionar de inmediato. Lo único que pasa rápido es que todo aumenta en el súper de la esquina y la gente acá termina siendo más pobre. Dicho de otro modo, es normal que, tras la severa devaluación de 2023, la economía y el consumo interno se hayan contraído de la manera en que hoy resulta observable a nivel local. Los commodities y los bienes que producimos los concordienses (bienes primarios de origen agroindustrial) operan habitualmente sobre su frontera de posibilidades de producción. Es imposible que la oferta física crezca exponencialmente en el corto plazo, ya que su volumen está atado a la extensión finita de la tierra y a los ineludibles ciclos biológicos del agro; esto no se trata simplemente de encender una máquina adicional o incorporar personal a una línea de producción. Gráfico 5. El espejismo de la devaluación y la condición de Marshall-Lerner.Fuente: Elaboración propia Por lo tanto, proyectar una Concordia industrializada y de pleno empleo para los próximos cinco años es un postulado mentiroso si no se enfoca, de manera prioritaria, en el aprovechamiento real de la capacidad agroproductiva que ya se encuentra instalada. Ante la imposibilidad material de crecer ilimitadamente en cantidad o volumen en el corto plazo, la región tiene un mandato, se debe crecer en la fijación del precio y en la calidad del valor agregado. Gráfico 7. Frontera de Posibilidades de Producción agroindustrial.Fuente: Elaboración propia Como profesional, sostengo que el desarrollo venidero requiere empoderar a nuestros productores mediante el aumento de centros de acondicionamiento integrales y autónomos radicados en Concordia. Para materializar esta visión, el Estado y las bancas deben apalancar a la base minifundista, democratizando el acceso al crédito para tecnología de empaque y procesamiento. Solo reteniendo el control logístico y fijando el valor comercial en nuestra ciudad, basado en los costos reales de producción locales, aseguraremos que nuestros productores logren un acceso sin dependencia asimétrica hacia la competencia en los mercados. Fijar el precio interno en Concordia es el paso ineludible para garantizar que los dividendos generados por nuestra intensa actividad agroexportadora financien, finalmente, el ansiado ascenso social estructural de nuestro propio territorio. La solución no es traer una fábrica mágica de afuera, sino dejar de regalar lo que ya hacemos. Tenemos que dejar de mandar la fruta en camión a que otros le pongan el precio. Si el empaque, el frío y la venta se hacen acá en Concordia, la plata se queda en nuestros barrios y no en las oficinas de Buenos Aires. Gráfico 8. El imperativo cambio de paradigma logístico y productivo. Fuente: Elaboración propia *Lic. en Comercio Internacional- UES 21- Mat. Prof. CPCEER. 16007 BBA. Developpement et pilotage Commercial – Ascenscia Business School, College de Paris Magister en Educación – UNLP

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El Resurgir de la Vid en Concordia: Crónica de una Identidad Recuperada y su Proyección al MundoANÁLISIS
29/1/2026Estudio Scheifler

El Resurgir de la Vid en Concordia: Crónica de una Identidad Recuperada y su Proyección al Mundo

La vitivinicultura en el departamento de Concordia representa hoy uno de los fenómenos más complejos y fascinantes de la agroindustria argentina contemporánea. Lejos de ser una actividad marginal, la producción de vino en nuestra región constituye un caso de estudio paradigmático sobre la resiliencia económica y la recuperación de un patrimonio cultural que fue borrado por decisiones políticas centralistas en el siglo pasado. Este resurgimiento, que hoy palpita en nuestras cuchillas, no es un hecho aislado, sino la reactivación de un músculo productivo que alguna vez posicionó a Entre Ríos como la cuarta potencia vitícola del país antes de la traumática prohibición de 1936.La historia nos recuerda que la era dorada de la vitivinicultura entrerriana estuvo indisolublemente ligada a la visión estratégica del General Urquiza y al aporte técnico de la inmigración europea. Aquellos colonos no solo trajeron cepas, sino un "savoir-faire" que permitió la adaptación de variedades como la uva "Lorda" —nuestro actual Tannat— a las condiciones de nuestro litoral. Sin embargo, el "entrerricidio" vitivinícola ejecutado durante la presidencia de Agustín P. Justo bajo la Ley 12.137 desmanteló una infraestructura industrial vigorosa, como la de la emblemática Bodega Robinson, para favorecer el monopolio de la región de Cuyo. Ese largo silencio de sesenta años terminó en la década del noventa, dando paso a un renacimiento liderado por familias que, con una profunda vocación de revancha histórica, volvieron a plantar vides en suelo concordiense.En la actualidad, el modelo productivo de Concordia se diferencia drásticamente del desierto mendocino. Nuestro terroir fluvial, caracterizado por suelos arenosos y franco-arenosos con presencia de cuarzos y ágatas, ofrece una ventaja comparativa crítica: el drenaje natural. Esta capacidad de filtración es la que permite que la vid prospere a pesar de las precipitaciones del clima subtropical húmedo. La innovación técnica ha sido el pilar de esta nueva etapa, destacándose la colaboración con la Facultad de Ciencias de la Alimentación de la UNER para el aislamiento y uso de levaduras nativas. Este avance científico no solo optimiza la fermentación, sino que garantiza una tipicidad enológica irreproducible en otras latitudes, permitiendo que nuestros vinos expresen fielmente la microbiología de nuestras lomas.El ecosistema vitícola actual de la región es un cluster heterogéneo donde conviven la vanguardia técnica y el enoturismo vivencial. Mientras establecimientos como Pampa Azul logran consagraciones nacionales con puntajes que superan los 95 puntos en certámenes de alta gama, otros como Finca Fénix y Bodega Siandra han revolucionado la matriz productiva mediante la diversificación citrícola y una oferta turística descontracturada. El enoturismo se ha consolidado así como la columna vertebral financiera del sector, permitiendo una "exportación en origen" que atrae divisas y fideliza al consumidor local y regional a través de eventos traccionadores como la feria "Entre Ríos, Entre Viñas".Hacia el futuro, el desafío se desplaza hacia el comercio exterior y la consolidación de la marca regional. La reciente participación de bodegas locales en la ProWine São Paulo 2025 confirma que el mercado brasileño es nuestro objetivo natural, no por volumen, sino por la demanda de nichos de alto valor que buscan alternativas a la hegemonía del Malbec. Con el respaldo del Instituto Nacional de Vitivinicultura y la gestión de la Indicación Geográfica Entre Ríos, Concordia se posiciona para colocar sus partidas limitadas en las mesas más exigentes del mundo. En definitiva, el vino de nuestra tierra ha superado su fase experimental; hoy es una realidad profesionalizada que utiliza su historia de resiliencia como el combustible definitivo para la innovación y la conquista de nuevos mercados. (*)Lic. en comercio internacional y BBA resp. du developpement et du pilotage commercial

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El ocaso del arándano en Concordia: la precarización que vuelve disfrazada de pasantíaOPINIÓN
28/1/2026Diario Junio

El ocaso del arándano en Concordia: la precarización que vuelve disfrazada de pasantía

Durante la última década, el arándano fue el emblema del “boom exportador” entrerriano. En su momento de auge, hacia 2015, Argentina llegó a exportar cerca de 20.000 toneladas de fruta fresca al hemisferio norte. Hoy, según el Comité Argentino de Arándanos (2024), la producción nacional cayó más de un 60 % y no supera las 7.000 toneladas anuales, con Entre Ríos reducida a menos de la mitad de su superficie plantada. En Concordia, donde el cultivo llegó a ocupar más de 1.500 hectáreas, hoy subsisten apenas algunos emprendimientos familiares dispersos. La postal del ocaso está a la vista: campos abandonados, plantas envejecidas y galpones vacíos. El contraste más brutal es Perú. Allí, el Estado acompañó con infraestructura, crédito, asistencia técnica y acuerdos comerciales. En 2024 exportó más de 290.000 toneladas de arándanos por un valor de 2.270 millones de dólares (La República, 2025). Mientras tanto, Argentina no alcanzó ni el 3 % de ese volumen. No se trata solo de productividad: se trata de modelo. Perú apostó a una política pública sostenida; nosotros, a un sueño de mercado. El resultado fue previsible: la fruta peruana llega antes, cuesta la mitad y cumple estándares internacionales que aquí nadie garantiza. Frente a esa asfixia competitiva, muchos productores locales optaron por reconvertirse. En el cinturón productivo de Concordia, el arándano cedió paso a frambuesas, zarzamoras y paltas, en algunos casos impulsadas por programas privados en localidades del departamento Concordia, como Colonia Ayuí. Pero esa transición carece de planificación. No hay acompañamiento técnico sostenido, ni líneas de crédito específicas, ni mercados garantizados. La reconversión, en lugar de política pública, fue una huida solitaria. Y el resultado es que la región pasó de exportar a sobrevivir: sin escala, sin logística, sin horizonte. En este contexto, el municipio anunció un programa de pasantías laborales para reactivar la cadena del arándano. Según la comunicación oficial, se busca “capacitar jóvenes para el trabajo rural”. En los hechos, el plan reemplaza empleo registrado por becas de 60 días, sin aportes ni derechos laborales. Se presenta como formación, pero lo que se enseña es a naturalizar la precariedad. No hay formación donde el aprendizaje es sin salario, ni política pública donde el Estado se convierte en gestor de mano de obra barata. El fracaso no es del fruto, sino del modelo. La historia del arándano resume la lógica del extractivismo rural sin arraigo: se invierte rápido, se exporta mientras rinde y, cuando el negocio se agota, se abandona la tierra. En Concordia, esa lógica dejó cientos de trabajadores eventuales sin cobertura social, productores endeudados y una infraestructura desperdiciada. La pasantía aparece entonces como la continuidad del mismo paradigma: rentabilizar la pobreza y llamar “formación” al trabajo precario. Es el capitalismo de los parches, con el sello del municipio. La política local debería asumir el diagnóstico y actuar en consecuencia. No se trata de volver al arándano como fetiche, sino de diseñar una nueva matriz productiva con arraigo territorial, valor agregado y empleo digno. Las experiencias cooperativas, la agroindustria diversificada y el agregado de valor local son caminos posibles. Pero requieren decisión política, inversión y coordinación con Nación y Provincia. No bastan fotos ni pasantías: hace falta una estrategia de desarrollo que ponga en el centro al trabajador y no al mercado. El ocaso del arándano en Concordia es más que el fin de una fruta: es la evidencia de un modo de hacer política productiva. No habrá futuro si seguimos exportando trabajo mal pago y reemplazando derechos por becas. La reactivación real empieza cuando el Estado deja de simular y vuelve a planificar. Concordia no necesita pasantías: necesita soberanía productiva y trabajo con dignidad. Lo demás es marketing para la foto. (*)Licenciado en Comercio Internacional BBA. Développement et Pilotage Commercial

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El dólar en bandas del AMBA y el abandono estatal destruyen la fruta del interior: productores en crisis mientras en Buenos Aires hacen campañaOPINIÓN
28/1/2026Diario Junio

El dólar en bandas del AMBA y el abandono estatal destruyen la fruta del interior: productores en crisis mientras en Buenos Aires hacen campaña

Hubo un tiempo en que caminar por una verdulería en Concordia y encontrarse con mandarinas campeonas no era una rareza. Era parte de la rutina y del orgullo local. La calidad de nuestra fruta no era una anécdota, era una bandera. Los empaques trabajaban a toda máquina, las rutas se llenaban de camiones cargados rumbo a mercados y puertos, y miles de familias vivían del citrus directa o indirectamente. Según la Asociación de Citricultores de Concordia, los primeros naranjos llegaron a la región de la mano de los jesuitas y, hacia fines del siglo XIX, ya existían plantaciones reconocidas impulsadas por familias pioneras como la de Augusto Niez. La Federación del Citrus señala que, durante la segunda mitad del siglo XX, la actividad vivió su auge gracias a créditos blandos, asistencia técnica del INTA y organismos regulatorios provinciales. En ese momento, Concordia concentraba cerca de 30.000 hectáreas productivas y una cadena integrada que iba del vivero al puerto, multiplicando empleo y riqueza local. El quiebre llegó a mediados de la década de 1990. Las heladas, la apertura indiscriminada de importaciones y las crisis financieras golpearon la rentabilidad. A esto se sumó la falta de políticas estables, acelerando el abandono de quintas. Mientras Concordia retrocedía, Federación crecía: en 2004 tenía 27.409 hectáreas plantadas frente a 13.790 de Concordia, y en 2023 concentraba el 80,7 % de la superficie citrícola provincial frente al 18,9 % de Concordia, según el relevamiento presentado en el X Congreso Argentino de Citricultura. En Los Charrúas, los números son más duros; de 1.600 hectáreas de citrus hace dos décadas, hoy quedan apenas 460. El gobierno provincial detalla que la tierra no quedó improductiva; pasó a monocultivo forestal, principalmente eucaliptos. Este sector ocupa más del 9 % de las exportaciones entrerrianas y genera más de 100 millones de dólares anuales, pero requiere una fracción de la mano de obra que demanda el citrus y exporta sin procesar, según datos oficiales. La Bolsa de Comercio de Rosario describe que el “dólar en bandas” es un tipo de cambio oficial que se ajusta siempre por debajo de la inflación. Esto ayuda a contener precios en el AMBA y abarata importaciones, pero recorta los ingresos de quienes exportan, que cobran en dólares cada vez más devaluados. Para el productor citrícola, eso significa vender por debajo del costo, acumular deudas y abandonar quintas. Sin tipo de cambio diferencial ni políticas compensatorias —como beneficios fiscales, créditos blandos o infraestructura logística—, la actividad no resiste. A una estructura debilitada por décadas de abandono, se suma un gobierno provincial que, lejos de revertir el proceso, lo agrava. Rogelio Frigerio gobierna sin presentar un plan productivo que defienda el trabajo local y la producción con arraigo. La provincia se maneja como una sociedad anónima mientras las economías regionales se deshacen. Lo que se pierde no es solo una economía: se pierde una comunidad, una cultura del trabajo y un modo de vida. Según el INDEC, en el primer semestre de 2025 el 58,3 % de la población de Concordia vive bajo la línea de pobreza, y la UCA indica que el 75 % de niños y niñas está en esa situación. Tres de cada cuatro chicos. Cada quinta que se abandona vacía escuelas rurales, cierra almacenes y apaga pueblos. Y lo que antes llenaba cajones rumbo al puerto, hoy llena estadísticas de pobreza en Concordia. Así, lo que décadas de desidia fueron enterrando, la política monetaria actual termina de tapar: es la última palada sobre la historia citrícola de Concordia. (*)Lic. en Comercio Internacional. BBA. Développement et Pilotage commercial

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